Entrevista a Victoria Eugenia

 

La que durante mucho tiempo fue reina de España, aunque ni el rey ni los españoles la amasen, me recibe en su casa de Lausana, en Suiza, territorio neutral, o eso dicen. Ha vuelto brevemente a España para amadrinar a su bisnieto, Felipe de Borbón, pero sabe que ha sido la última vez. La casa está caldeada, casi rayando en lo excesivo. La reina es friolera, y yo también…agradezco pues el calorcito. Va, como siempre, perfectamente vestida, aunque no son más que las once de la mañana. El pelo todavía rubio y hermoso, peinado en ondas, su collar de perlas, sus anillos y su mejor joya: unos ojos azules como aguamarinas.

Majestad, ¿recordáis vuestra primera estancia en España? ¿En donde fue?

La reina cierra los ojos como si ese recuerdo le doliese.

-Fue en la capilla de Miramar, en el palacio que la reina Cristina tenía en San Sebastián. Allí me obligaron a abjurar de mi fe y convertirme al catolicismo. Fue doloroso, pudo haberse hecho en privado, pero la reina quiso hacer de ello una especie de espectáculo. Me sentí muy humillada.

-¿Fue más doloroso que el atentado de vuestra boda?

-No más doloroso, sino más humillante. El atentado fue triste, con muertes, sangre, dolor. Lo peor que le puede suceder a una novia ilusionada. Mi vestido blanco teñido de sangre, la gente gritando.

-¿Creéis que los españoles os han conocido, Majestad?

-No, ni remotamente. Tampoco yo a ellos, si he de ser sincera. Son tan…distintos a los ingleses…Nunca les he entendido ni ellos se han molestado en entender mi dolor.

¿El rey llegó a perdonar a Vuestra Majestad el nacimiento de vuestros hijos enfermos?

No se como me atrevía a hacer esa pregunta, y ahora temo que la reina se enfade.

-No, nunca me perdonó-confiesa ella con dolor aposentado en su mirada azul. Pero en realidad…¿era culpa mía? Mi tío el rey Eduardo le avisó de esa probabilidad. Y la enfermedad de mi pobre Jaime, su sordera, no ha sido culpa de nadie. Creo que en definitiva mi mala suerte, la enfermedad de mis hijos y la pérdida del trono son el castigo a haber abjurado de mi religión. Ese ha sido mi precio.

Y entiendo que la reina no quiere seguir hablando, pues retoma su labor. Hace punto de tapicería y su personal de servicio ya no sabe qué hacer con tanta producción. Le hago una reverencia y me voy en silencio

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