Midas, el rey que todo convertía en oro

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Seguramente, en más de una ocasión habrás oído que hay que tener cuidado con lo que se desea, ya que nunca se sabe de qué manera vas a obtener lo que tanto anhelabas. Un consejo, que no le habría venido mal a nuestro protagonista mitológico de hoy, el rey Midas, el cual llevado por sus ansias de riqueza a punto estuvo de morir de hambre.

Midas - Walter Crane

Midas, el rey que todo convertía en oro

Nacido en el seno de una familia de humildes campesinos, el joven Midas soñaba con poseer una enorme fortuna. Un anhelo que consiguió al llegar a la madurez, tras convertirse en el rey de Frigia, una rica región de Asia Menor cuyas fronteras amplió gracias a sus buenas relaciones comerciales con los reinos vecinos.

¿Era feliz Midas con lo que tenía? Debería serlo, ya que podía comprar todo lo que su mente fuera capaz de imaginar sin importarle lo más mínimo el precio, pero…aunque sus riquezas eran enormes, el rey siempre quería acumular mucho más. Un ansia que vio recompensada cuando uno de los dioses olímpicos agradeció sus atenciones concediéndole un deseo, que en un momento os daremos a conocer.

Los mitos del rey Midas

Aunque todo el mundo conoce la ambición desmedida de Midas, existe otro mito que también protagoniza y en el que se hayan implicado Apolo, el cual no se muestra tan benévolo con él como Dionisos.

Nos cuentan las fuentes antiguas, que cierto día unos campesinos encontraron a Sileno sin sentido en su camino de regreso a casa. Estos, al reconocerle decidieron capturarlo y llevarlo ante su rey, Midas, para complacerle y ver si su acción se veía recompensada con alguna de la riquezas que guardaba el tesoro real. Cuando el rey descubrió lo que sus campesinos habían atrapado, ordenó inmediatamente que liberaran al dios y mandó a los sirvientes de palacio que dispusieran todo para halagar a Sileno.

Tras diez días disfrutando de su presencia, Dionisos llegó hasta la corte de Midas buscando a su querido compañero. Al ver lo bien que el rey había cuidado de Sileno, Dionisos decidió premiar a Midas concediéndole cualquier deseo que tuviera. Este, movido por su codicia, le dijo al dios que deseaba que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Concedido su deseo, Midas se mostraba encantado con aumentar cada día sus tesoros con cada toque de sus manos. Todo era perfecto, hasta que al querer comer alguno de los deliciosos platos preparados por sus cocineros, los alimentos también se convertían en brillantes piezas de oro.

Midas_Washing_at_the_Source_of_the_Pactolus_by_Bartolomeo_Manfredi,_c._1617-19

Sin poder comer ni beber absolutamente nada y viendo que su destino iba a ser morir de hambre, Midas imploró a Dionisos para que le liberara de tan terrible don. Apiadándose de su suerte, el dios le indicó al ambicioso Midas que fuera a bañarse en las aguas del  río Pactolo y su don desaparecería. ¿Desapareció el don que tanto aborrecía Midas? Sí, de hecho, desde entonces el Pactolo contenía en su interior pequeñas partículas de oro.

Liberado de su desgracia, Midas decidió dedicarle tiempo a cultivar otra de sus pasiones: tocar la flauta de Pan (llamada así, porque su invención se atribuye al dios Pan). Tan bueno pensaba el rey que era tocando este instrumento, que cometió la insolencia de retar al mismísimo dios de la música, Apolo, a un concurso musical. ¿Qué es lo que pasó? Que Midas no pudo convencer a Tmolo, el juez de la competición, de que su interpretación era mejor que la de Apolo y al quejarse airadamente de la decisión de Tmolo, el dios hizo que sus orejas crecieran hasta adquirir la forma y el tamaño de las de un burro.

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Muy avergonzado por sus nuevas orejas, Midas se cubrió su cabeza con un turbante para evitar que todo el mundo se riera de él. El único que conocía este terrible secreto era su babero, el cual tuvo que prometer bajo amenaza de muerte, que jamás le revelaría esta deformidad a nadie. Un secreto, que el barbero pudo mantener durante un tiempo, hasta que un día en el que sentía que estaba a punto de explotar hizo un agujero en la tierra y lo gritó en su interior. Una acción de la que nadie se hubiera enterado jamás, si no hubiese sido porque en ese agujero nacieron unos juncos, que al ser mecidos por el viento comenzaron a propagar el secreto de Midas.

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