Luisa Ignacia Roldán, escultora de cámara

Nació en Sevilla en 1562. Aunque se sepa poco de su vida por su condición de mujer, han quedado unas cuantas esculturas suyas en El Escorial y en las catedrales de Cádiz y Santiago de Compostela, así como en colecciones privadas. Hay otras obras que probablemente sean suyas pero que al no estar firmadas no podemos decirlo con seguridad. En muchas ocasiones serán los propios parientes masculinos quienes se apropien de las obras realizadas por las féminas. El caso de Luisa no fue distinto. Casada con el mediocre escultor Luís Antonio de los Arcos, quien se limitaba a colorear y estofar lo que su mujer esculpía, era él quien cerraba los acuerdos y tratos de todos los encargos. Ella era hija de otro escultor, Pedro Roldán, y conocía muy bien su profesión pues su padre le había enseñado dibujo y moldeado.

Se casó en contra de la voluntad de su familia y rompió con ellos para siempre por defender su amor. Cuando le toca pasar penurias económicas y vivir casi en la miseria nunca pedirá ayuda a los suyos. En 1687 recibe el encargo de realizar las esculturas de San Servando y San Germán para la catedral de Cádiz y el Ecce Homo de la misma, de 1864, también es obra suya. De los seis hijos que tiene de su matrimonio, solo sobreviven dos; Francisco José Ignacio y Rosa María Josefa. La pareja se traslada a Cádiz por un tiempo. En las primeras obras todavía se nota mucho la influencia de Pedro Roldán y la producción está impregnada del sentimiento trágico del Barroco, intentando promover el miedo, el espanto y el dolor más exacerbado. Luisa participaba, como es lógico, de este espíritu de exaltación de la fe tan propia de la Contrarreforma, aunque poco a poco, a medida que su estilo va madurando también gana en expresividad, ternura y gracia, sobre todo en rostro y ropajes. También hay un cambio en la clientela, pues Luisa empieza a trabajar para nobles y cortesanos cuando se trasladan a vivir a Madrid.

6 comentarios sobre “Luisa Ignacia Roldán, escultora de cámara”

  1. Pobre mujer, debía de estar de él hasta el moño. Ella era quien valía y él quien, como don Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como

  2. Muchas Gracias, cuantas cosas me enseñais, debería darme vergüenza no conocer a esta escultora, y el detalle del demonio con la cara de su marido es genial

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